miércoles, 18 de julio de 2018

“Retales de un carnaval”

...¡¿me   amas?!        ¿Me amas? ‐ Le  pregunté.
Buena pregunta  – Me respondió.
El silencio  se hizo entre los dos, un silencio  apenas interrumpido
por el sonido de las   hojas arrastradas por el frío viento de otoño.    
 La calle estaba vacía, pareciera que nadie quería tomar  la responsabilidad
de romper el silencio que su respuesta  había dejado entre los dos.
Ni un auto, ni un perro aullándole  a la luna,
ni un bebe llorando por su biberón nocturno,
ni siquiera   el reconfortante sonido de los grillos,
sólo el suave murmullo de las hojas.     
 Fue ahí cuando a mi mente vino el recuerdo de ese año en que nos conocimos.    
Al llegar a esta ciudad, no sabía muy bien que esperar.
Siempre había querido que me  pasaran cosas maravillosas, terribles y extraordinarias.
Pero a una chica tan ordinaria más  bien chaparrita, más bien flaquita, un poco sin gracia
y con un pelo que siempre se le anda  escapando por todos los costados, casi nunca le pasan cosas Maravillosas, Terribles y Extraordinarias.      Mudarme no me causaba ninguna gracia, pero según mis padres siempre podría volver a hacer amigos, claro como  si fuera tan fácil. -­‐Será bueno para ti conocer a nuevas personas. – comentó mi mamá-­‐. -­‐No quiero conocer  a nadie más –repliqué-­‐. ¿No puedo quedarme a vivir con mis abuelos? -­‐Claro y que te consientan a más no poder.   -­‐¡Ellos no me consienten! -­‐Ni una palabra más –intervino mi papá-­‐ Ya verás lo mucho que te gusta esta ciudad. -­‐¡Uf!      Cuando yo digo "uf`" es porque mi papá ya ganó (mi papá gana casi siempre). Así que me mudé con la sensación de que yo no tenía  voz ni voto en esta familia. El viaje no tuvo ningún incidente digno de mencionar, bueno, a excepción de la hora que tuvimos que  esperar en la gasolinera porque mi papá olvidó las llaves dentro del auto, mientras él se peleaba con un gancho intentando vencer la cerradura  a prueba de robos “que ni el mismo MacGyver podría abrir”, según las palabras del señor que nos vendió el auto, yo me entretuve viendo las gaviotas  que volaban sobre
    
la  costa,  siempre me  han parecido  fascinantes las  aves, tanta libertad  en esas pequeñas alas  con plumas, lo que yo haría  si pudiera volar, los lugares que  visitaría, ¡los paisajes que podría  contemplar! -­‐Ya nos vamos. Mi mamá  siempre supo interrumpir mis fantasías en el  momento más interesante. Llegamos a la ciudad  ya entrada la noche, mi papá decidió que nos quedaríamos  en un hotel y a la mañana siguiente iríamos a la casa que  habíamos alquilado. Estaba tan cansada del viaje que apenas y logré  ponerme la pijama antes de caer en coma sobre la cama. Al día siguiente,  mi papá se empeñó en despertarme muy temprano, ese es el problema de ser hija  única, nunca puedes salvarte, eres la única que está en la mira. Como pude me arrastré  al baño y me duché. Al salir ya me estaban esperando, ellos irían a arreglar los papeles  de la nueva casa y yo... yo me perdería paseando por los parques cercanos al hotel. Al  salir del hotel el día era hermoso, un cielo azul intenso y nubes pachonas, adoro las nubes pachonas.  Caminé por una calle que bajaba hasta el puerto, el bullicio de los negocios, las señoras que iba a hacer  la compra después de haber dejado a sus hijos en la escuela y el aire ligeramente salado me animaron, esta ciudad  no podía ser tan mala después de todo. Saqué un paquete de galletas que había guardado en mi pequeña bolsa y me  comí la primera lentamente mientras me preguntaba ¿qué tan difícil sería aprender a pescar?, bueno, divertido no creo que  sea y tampoco es que yo lo viera tan complicado, es mas, el pez hace todo el trabajo uno sólo tiene que quedarse como estatua  esperando a que pique el anzuelo, ver esa tienda de pescados y mariscos me afectó. Aceleré el paso para llegar al muelle mientras  dejaba de pensar en peces y anzuelos y comenzaba a preguntarme ¿cómo sería mi vida en esta nueva ciudad?, ¿cómo sería la escuela? ¿la personas  serían tan antipáticas como en mi anterior escuela?, mis papás no lo sabían pero yo no era lo que podría llamar una chica popular, era más bien  tímida y muy huraña con la gente, prefería mil veces más quedarme en la biblioteca y huía cual ratoncita asustada cuando alguien me dirigía la palabra.      -­‐Eso no puede ser normal. –me decía-­‐. De seguro hay algo rotito en mi. :( Al llegar al muelle me senté en una banca que veía al mar, la brisa era  tan agradable, que despejé mi mente de cualquier pensamiento y sólo me dediqué a contemplar ese hermoso paisaje, las gaviotas volando sobre el mar, los barcos  meciéndose al compás de las olas, todo el panorama me hacía sonreír. ¡Ah sí!, el delicioso sabor de las galletas con chispas de chocolate que estaba comiendo también.     
-­‐Disculpa,  ¿sabes dónde queda  la calle Elías Martínez?      Me sorprendí, alguien me preguntaba  algo mientras yo me peleaba con el empaque   de galletas para ganarle las migajas que habían  quedado dentro. Alcé la vista y eras tu. Me quedé  sin habla, de seguro tú debiste haber pensado que era  sorda, algo lenta, tonta o las tres juntas, aunque nunca  lo admitiste cuando te lo pregunté. Cuando salí de mi sorpresa  sólo alcancé a balbucear. -­‐Yo...yo no vivo aquí. Lo siento. -­‐Oh,  ya veo, perdona por la interrupción. Y te alejaste cargando una pequeña  maleta. Si yo hubiera sabido todas las cosas que viviríamos, las risas, las  tristezas, las ilusiones y desilusiones que compartiríamos. Si por lo menos una  voz, o un atisbo de clarividencia hubieran llegado a mi en ese momento, y me hubiera  permitido ver lo importante que serías y eres para mi, no te hubiera dejado ir. -­‐Me  acabo de mudar, así que no conozco las calles. Pero... me encantaría acompañarte y buscar esa  calle contigo. Eso es lo que te debí haber dicho ese día. Tal vez, si lo hubiera hecho, las  cosas hoy sería diferentes. -­‐Entonces...¡¿me amas?! Volví a preguntar mientras con mis manos  apretaba el frente de tu playera. -­‐yo... No terminaste tu frase, bajaste tu mirada y no dijiste  nada más. Te quedé viendo de hito en hito. Atrás de ti, a lo lejos, se veían las luces del carnaval que  estaba en la plaza. Se suponía que este era un día perfecto... se suponía que sería nuestro día. Te abracé,  te abrace tan fuerte como pude, sentía que si te soltaba tan sólo por un instante flotarías lejos de mi. A lo lejos  las luces de la plaza comenzaron poco a poco a desenfocarse, el viento cesó, las hojas callaron su ligero murmullo, la luna  nos iluminó y yo alcancé a percibir como bajaba por mis mejillas la tibia sensación que dejaron los retales del carnaval.

Alto alto, no es mío.

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